TEXTOS

° De camino al Concierto

° Carrillo Puerto: Una flor para tu sueño

° Tlacaélel

° Año nuevo, vida nueva

°El pulpo. Tragedia de los hermanos Kennedy

° Miralina

° El hijo de trapo

° Claudia y Arnot

° Sol Nostrum

° En las manos de Uno

° Entre hermanos

° La telaraña

° Fraude a la tierra

° Un niño en Cuernavaca

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Montajes Teatrales

Críticas

Ponencias

 

 

 

 

 

 

De camino al Concierto

Monólogo en un acto

de

Marcela del Río

 

Première mundial en el Little Theatre   de la Fundación Bilingüe de las Artes

de la ciudad de Los Angeles, California, el 25 de abril de 1984, al inaugurar  el Primer Festival Internacional de Teatro Latinoamericano: «El Mundo Hispano.»

Premio  “César”   otorgado por la «Panamerican Theatrical Association»  de Los Angeles, California.

 

Estreno el 3 de julio de 1984 en el Teatro Benito Juárez de la Ciudad de México.

La placa conmemorativa por las 100 representaciones,  fue otorgada por la Sociedad General de Escritores de México, y  develada en el Teatro Benito Juárez, por Beatriz Sheridan, Enrique Batiz  y José María Fernández Unsaín, Presidente de la SOGEM, el 4 de diciembre de 1984.

A  la  memoria

de  mi   esposo

Hermilo Novelo

La autora expresa su agradecimiento a las siguientes personas e instituciones: Jacobo Zabludovsky, del Programa «24 Horas», Guillermo Ochoa y Lourdes Guerrero del Programa «Hoy Mismo»; al director teatral  Jorge Esma y a la Televisión Mexicana; sin cuya oportuna  intervención no habrían podido ser localizados su esposo, el maestro Hermilo Novelo ni la pianista Violina Stoyanova, después del fatal accidente en el que ambos perdieron la vida cuando se dirigían al segundo concierto de su gira de 1983, por la República Mexicana,  organizada por el Instituto Nacional de Bellas Artes de México.  Asimismo, a los actores Sergio Kleiner  y  Luis Miranda  por su participación  artística.

REPARTO:

                                        El violinista            Luis Miranda

               Voces de locutores de T.V.            HERMILO DAVID NOVELO

                                                                           MARCELA DEL RIO

*

                   Dirección de escena:         Marcela Del Río

                                        Escenografía            FELIDA MEDIA

                                         Iluminación            Robert D. Fromer

                                           Producción            ESTELA ESCARLATA

                                             Asistentes            GUILLERMO RUBIN

                                                                           HERMILO DAVID NOVELO

                                        Grabaciones            HECTOR BULNES

La musicalización la realizó la autora y directora con fragmentos de recitales y de conciertos grabados en vivo con diferentes orquestas del mundo, interpretados por el violinista mexicano Hermilo Novelo (5-Oct-1930/25-Marzo-1983) y  la pianista búlgara  Violina Stoyanova (29-Sept.-1948/17-Marzo-1983)

PERSONAJE:

El violinista

 (Cincuenta y dos años)

VOCES

De locutora  y locutor de T.V.

La acción transcurre en la Sala de Terapia Intensiva de un hospital del Seguro Social de la ciudad de México. Marzo de 1983.

DECORADO ÚNICO

Al  centro, la Cama Diez (el número cuelga de la cabecera visiblemente.) Sobre ella un letrero en el que puede leerse DESCONOCIDO se ilumina en ocasiones. A los lados de la cama hay una mesa con un teléfono y un equipo de oxígeno. Cerca de la cabecera, dos maniquíes de mujer que representan a la madre y a la esposa del violinista. Tanto el rostro de los maniquíes como las paredes que limitan la escena parecen estar hechos de espejos. En distintas áreas del escenario hay rincones que evocan en el violinista diferentes lugares: un camerino, una pensión en Nueva York, la casa de su infancia en un puerto mexicano. Posible distribución:

      Al lado derecho del actor, el camerino que lo mismo puede ser de un teatro en Polonia, que en la Unión Soviética, en México, o un cubículo en la Juilliard School of Music de Nueva York. En una mesa del camerino, un estuche de violín, cerrado. De un colgador pende un frac y cerca, sobre el suelo, una valija cerrada. Al lado izquierdo, una columnita sobre la que se encuentra una gran copa de metal con canicas, un banco y colgando de la pared, una cachucha de marino, sin escudo, evocación de su padre.

      Todos los elementos de la escenografía son como hechos de yeso. La impresión general de la escena es una estampa en blanco y negro, multiplicada por espejos. De pie, detrás de uno de esos espejos que en ocasiones se volverán transparentes con la iluminación, hay otros dos maniquíes que representan a un médico y a una enfermera.

      Se escucha el segundo movimiento de la Sonata Nº 1 para violín y piano de Brahms. Se ilumina el frac, luego el lecho. El violinista yace tendido sobre la cama, sin más ropa que una trusa blanca. Abre los ojos. Mueve su mano izquierda, la contempla, luego la derecha. Se pone de pie y a medida que avanza se va iluminando la escena.

ACTO ÚNICO

VIOLINISTA

Abre los brazos en cruz. Se interrumpe la música y él se encoge como si lo hubieran herido. Se ilumina el letrero de «Desconocido».

 

¿Qué pasa? ¿Quiénes son ustedes? (Mirando al público.)  ¿Por qué me miran así? ¿Qué hacen aquí? Me rodean como si yo estuviera… ¿Y estos maniquíes? ¿Quiénes son? (Lee el letrero.)  ¿Desconocido? Des-co-no-ci-do… ¿Se referirá a mí? (Al público.)   Díganme ¿soy yo ese cuerpo maltrecho, abierto y cosido, fracturado, hinchado, morado y apenas respirando? No, yo soy algo más que la suma de mis huesos, mi sangre y mi piel. Soy también pasión y pensamiento, conciencia y anhelo de Ser. (Señalando a distintas personas del público consecutivamente.)  ¿Tu puedes decirme quién eres? ¿Y tú? ¿Y tú?  ¿Y tú?  Mi dirán: “yo soy arquitecto, yo periodista, yo…” Pero es que ¿uno es una profesión? El vago es un vago, y el pensador un filósofo… pero lo que habría que preguntarles es ¿eso que hacen, vagancia o filosofía, arquitectura o periodismo, lo hacen con pasión? Sólo lo que se hace con pasión vale la pena de vivirse…

(Se escucha el primer  movimiento del Concierto Nº 1 para violín y orquesta de Brahms,   Transición.)

Tengo que ir al concierto… ¡Nena! (Busca y encuentra con los ojos al maniquí que representa a su esposa.) Nena, dame mi frac que se va a hacer tarde, tengo que… (Se dirige al colgador de ropa, al ir a tomar una prenda repara en que trae puesta una trusa blanca.)  ¿Por qué me diste esta trusa blanca, Nena, ya sabes que para el concierto debo usar una roja, me trae buena suerte… Dile a mi madre que se apure, ya sabe que no me gusta que llegue tarde. (Se pone los calcetines mientras habla.)  A ver si ya está lista mi pianista… Sí, sí, esta vez me vestiré yo solo, con esa manía que tienes de hacer todo por mí, me estás haciendo un inútil… ¿Cómo que no esta mi pianista? Ya debe de estar aquí…

(Se ilumina el maniquí de la enfermera. Transición.)

¿Y esa mujer de blanco? Siempre imaginé a la Muerte vestida de negro. Tontería ¿por qué iba a ser la Muerte? ¡Qué idea! Nunca he podido ni podré imaginarme muerto… (Se ilumina el maniquí del médico.)  ¿Quién será ese otro vestido también de blanco?

(Transición. Mientras habla al público se pone el pantalón y los zapatos.)

Ustedes creen que me conocen, pero lo que ven es el final, la crema, el producto depurado ¿qué saben del parto que significa llegar al momento del concierto? De las horas, de los años de estudio detrás de cada nota, bajo la tortura de la duda: ¿serviré? ¿no serviré? ¿triunfaré? ¿no triunfaré? ¿y si fracaso? ¡Luchar! La vida es una eterna lucha por todo o contra todo: por conseguir a la amada, contra la pereza, por ser alguien, contra los envidiosos que nos sonríen de frente y nos roban nuestro puesto cuando les damos la espalda. ¡Ser! ¡Ser alguien! ¡Qué vanidad!… pero si la vanidad es nuestro motor, el que nos mueve: ¡Viva la vanidad que me hace mover! ¡Viva la vanidad que me hace funcionar! Funcionar… eso es lo importante: funcionar. ¡Tengo que funcionar!… (Al público.)   ¿No lo creen? Cuántos sacrificios para la dignidad con tal de funcionar, con tal de ser uno mismo.

(Se apaga el letrero. Transición. Imitándose a sí mismo.)

Maestro, me han  quitado la beca que me había dado el gobierno, usted sabe, al cambio de presidente, en mi país, cambian los favoritos… ¡Y allá va la madre, empeñada en su sueño de hacer del hijo un violinista, a pedir un permiso para salir de su trabajo, a colgarse una sonrisa de la cara y a doblar la rodilla para que a su hijo le prorroguen su beca! (Imitando a la madre.)  «Vea, Licenciado, vea sus calificaciones de los cuatro años en Nueva York: le faltan sólo seis meses para graduarse, no pueden quitarle la beca ahora.» Mientras allá en la escuela, la lucha por corregir una mala posición de un dedo sobre la cuerda, por hallar la presión correcta del arco, o el hallazgo venturoso de un vibrato  en aquel pasaje que se había repasado tantas veces… (Imitándose  a sí mismo.)  No, Michael, seguro que no le gustó a mi maestro cómo toqué, todo lo que me dijo fue «Bien, estuviste afinado.» Como si en eso consistiera todo… Hacer música es lograr que el público escuche el latir de tu corazón… tac…, tac  tac…, tac tac…,  tac tac…¿sabes cuándo lo entendí? Cuando el maestro de música de cámara nos hizo bailar la música, además de tocarla, cantarla, comérnosla… ¡Cómo tocaste esos Caprichos de Paganini, Michael! Ni Heifetz lo hubiera hecho mejor… sin embargo, no quisiera estar en tu lugar cuando estudias en tu casa y tu madre te pone a jugar a las canicas… (Imitando la voz de la madre de Michael.)  «¿Jugamos a las canicas, Michael? (Mete la mano en la gran copa llena de canicas, se llena la  mano con ellas. Se escucha un pasaje difícil de un capricho de Paganini, tocado por Michael Rabin.)   Bien, otra vez… (Toma una canica del puño y la devuelve a la copa. Se escucha de nuevo el mismo pasaje.)   Bien, otra vez… (Devuelve otra canica a la copa. Se escucha el mismo pasaje y una falla casi imperceptible en él.)   Te equivocaste… volvemos a empezar… (Devuelve todas las canicas a la copa y se llena otra vez la mano con ellas.)  Repite…» (Transición.)   Eras una máquina de repetición… ¿Te confieso algo, Michael? Cuando llegué a Nueva York, iba yo inflado de orgullo, pensando que como era el mejor en México, iba a deslumbrar a todos en la Juilliard.  ¡Cuál no sería mi humillación, al ver que si yo sabía cinco conciertos, otros muchachos, más chicos que yo, sabían quince y que tocaban más aprisa que yo! Tocar aprisa no es todo en la música, pero cuánto ayuda… Cuando te vi estudiar, obligado por tu madre, con aquel potro de tortura que era el juego de las canicas, comprendí por qué en México estábamos tan atrás en todo, nadie nos obliga a esforzarnos… ¿hasta dónde fue tu madre un verdugo? y ¿hasta dónde nos faltan a nosotros verdugos que nos obliguen a superarnos? Pero aprendí la lección no sólo del maestro que nunca se dio cuenta de cómo necesitábamos de sus palabras de aliento, en esa edad en que todo es incierto, sino también de ti, de tu ejemplo: viéndote trabajar sin desfallecer bajo la mano férrea de tu madre… (Imitándose a sí mismo.)  ¡Oye, ¿no nos cachará la miss   si nos robamos un poco de leche del refrigerador? Daría mi violín, bueno, no tanto, el arco nada más, por un vaso de leche. ¿Vamos?… ¡Aguas! Ahí viene alguien… disimula, ponte a estudiar… (Al público.)  estudiar… estudiar para hacerse el mejor… no es fácil ser el mejor en nada, ser el mejor barrendero es difícil… Pero no basta tampoco ser el mejor, no basta tocar bien para triunfar, no basta… además hay que ser simpático, tener ángel, carisma y todo un aparato de mercadotécnia que lo empuje a uno… (Se escucha el segundo movimiento del Concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky. Habla frente al espejo del camerino.)   Aprende, aprende a empedrarte la cara para que nadie note cómo se te queman de hambre las entrañas… Aprende a sonreír, no por deleite, sino por necesidad… Aprende a masticar el insulto para que no te brote como un manantial, cuando el primer empresario te niegue una audición, porque ya tiene demasiados artistas en su lista. Mentira que un artista se haga solo. Nace, sí, tal vez, pero necesita que crean en él: sus padres, su esposa, sus maestros, sus amigos, sus gobernantes, y cualquier cosa puede destruirlo: a cuántos críticos no les importa sacrificar la carrera de un artista con tal de hacer una frase ingeniosa…

(Cesa la música. Transición. Se dirige al colgador y descuelga su camisa.)

Basta de perder el tiempo, tengo que dar un concierto… (Se pone la camisa.)  ¿Ya llegaría mi pianista?… ¿Te acuerdas, Nena, del día en que nos conocimos y me presenté ante ti diciéndote mi nombre?… «Es usted hijo del violinista» Me preguntaste. No podías creer que aquél que habías oído tocar años atrás desde la galería de Bellas Artes fuera un chamaco como tú… tuvimos todo en contra, hasta a tu padre «¡…pero si todos los músicos son unos borrachos!» él, que después tan orgulloso estaba de que yo fuera su yerno. Nuestro amor nació entre gritos de polvo, como de un embarazo extrauterino que se da donde nadie lo espera… (Imitándose a sí mismo.)  Te haré adorar el mar, ya lo verás. Yo crecí como un pez, en competencia contra todo y contra todos, a un solo concurso entré en la vida, lo gané y juré no volver a entrar a otro, los concursos en el arte son un atentado a la dignidad. En esa lucha por la sobrevivencia del más fuerte aprendí, Nena, aprendí que el hombre muere todos los días, y todos los días nace… nos hacemos y nos deshacemos y volvemos a hacernos cotidianamente, como las olas de ese mar de doble rostro, que bajo su apariencia inofensiva oculta al tiburón, y bajo su agresividad aparente guarda a la perla, pasiva y pura… (Transición.)   Hoy, Nena, nos daremos vida de príncipes, renté un velero, pescaremos y nos perderemos en el infinito mar, solos tú y yo… ¿no tienes miedo de hallarte a solas con un tiburón?…

(Transición. Se pone la corbata.)

¿Qué pasa con mi pianista?… (Dirigiéndose al maniquí de su madre.)   ¿Tú no la has visto llegar?… (Transición. Toma de la mano de su madre una armónica.)    Gracias, mamá, gracias… (Toca en la armónica una melodía popular. Por ejemplo “La barba de oro.”  Al terminar, hace gesto de quitarse una cachucha y de pasarla por el auditorio.)   Desde la escuela primaria la música siempre me ha dado dinero… Mamá ¿qué instrumento es ése?… El que está tocando ese músico ahí, en la puerta de la cantina… ¿violín? Ah… me gustaría tocar el violín, cómprame uno, mamá… lo haría yo sonar bonito… bonito… como tú me dices cuando toco la armónica «ponle alma, hijito, ponle alma»… (Abre el estuche del violín.)   Gracias, mamá, gracias… qué lindo es… (Toma el violín. Lo contempla. Lo acaricia. Luego, pasa el arco por las cuerdas sin que se produzca ningún sonido.)   ¿Por qué no suenas? Eres un instrumento musical, tu obligación es sonar… (Repite el gesto de tocar, con el mismo resultado negativo.)  Algo debe de hacer falta para que suenes… A ver (Busca en el estuche y encuentra la pez.)  ¿Y esto? ¿Será un caramelo? (Trata de morderlo.)   Puf… sabe muy feo para ser un dulce… ¿Será que se le unta a las cuerdas para que suenen? (Pasa la pez sobre las cuerdas. Una vez que lo ha hecho, vuelve a tomar el arco y a pasarlo por las cuerdas. El violín sigue sin sonar. En la desesperación, toma el instrumento por el mango, con las dos manos, y hace el gesto de ir a estrellarlo. Se detiene en el aire. Transición, al público.)   Nadie me dijo que la pez había que untarla a las cerdas del arco para que éste hiciera vibrar las cuerdas del violín. Romperlo me costó una paliza de mi abuela… mi abuela, tan seca que cuando quiso ser muy tierna conmigo, un día de mi cumpleaños, no encontró más palabras de cariño que decirme: «Ven a darme un beso, muchacho latoso, cara de ángel y entrañas de demonio.» (Se escucha la cadencia del Concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky.)   Mamá, ¿por qué no quiso recibirme el maestro de la Academia de música? Ya tengo cinco años, ya soy grande… yo quiero aprender a tocar el violín…  (Se escucha el Concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky. Mientras juega a las canicas como podría hacerlo un niño de cinco años, habla al público.)   No quiso recibirme sino hasta los seis años, me robó un año entero de vida violinística… un año se dice fácilmente, pero puede significar doscientos conciertos, dos mil novecientas veinte horas de estudio…

(Cesa la música. Busca de nuevo a su pianista.)

¿Dónde está? ¿Dónde esta mi pianista? (Poniéndose la faja, se dirige al maniquí que representa a su madre.)  No, mamá, no importa que los honorarios sean simbólicos, es mi primera oportunidad de presentarme en Europa, haré la gira con las Juventudes Musicales, aunque tenga que empeñar mi violín… (Transición.)   Y lo empeñé, Nena, a un colega, y al volver de la gira tuve que entrar a la Sinfónica para poder vivir, y rifar mi violín para pagar mi deuda…  (Prende un cigarro.)  Si, no basta tocar bien, siempre lo he dicho… ¿Que a qué viene esto que te cuento?  A que acabo de encontrarme con el Director del Conservatorio, y quiere que devuelva el violín que me prestó el año pasado… en seis meses debo regresarlo, sin excusa ni pretexto… Pero… ¿sabes? (Toma el violín.)   Me han dicho que un hotel nuevo necesita un grupo de música popular para su centro nocturno… formaré uno con mis amigos de la Sinfónica, ensayaremos como si fuera música clásica, haremos el mejor grupo de México: ocho violines, ocho voces, un piano… no, qué digo un piano: dos pianos, batería, contrabajo… (Al público.)   Sí, sí, los escuché, es muy fácil ser juez, pueden decir que me estoy prostituyendo, pero ¿con qué chingados voy a comprar un violín, un buen violín? ¿Quieren saber cuánto gano en la Sinfónica? No me alcanza ni para pagar la pensión a mi ex… digan misa si quieren, tocaré cha-cha-cha y chu-chu-chu si me lo piden, pero con lo que gane tocando ése cha-cha-cha tendré la posibilidad de volver a tocar Brahms. ¿De qué me serviría conservar mi pureza de artista clásico, si no tengo un violín donde estudiar, donde tocar?… ¿O van ustedes a regalarme uno? (Se escucha la música popular tocada por el grupo, con solista de violín. Dirige con el arco, mientras sostiene el instrumento con el hombro.)   No muchachos, no se preocupen, las propinas las repartiremos equitativamente, ya saben, yo soy el caimán, así que tomaré la parte del león. (Ríe. Hace el gesto de sacar billetes del bolsillo y de repartirlos.)

(Cesa la música. Transición. Deja su violín y se pone el frac.)

¿Dónde está mi pianista? ¿Por qué no está aquí? ¿Quién puede decirme dónde está mi pianista? ¿Cómo voy a dar el recital sin pianista? Nena, ¿ya escribiste a París? Tienes que conseguir ese concierto… ése será el pilar de mi carrera… ya sé que no es fácil conseguirlo, nada es fácil en este mundo, ni ser feliz, ni siquiera ser infeliz… (Toca escalas.)   Si tú quisieras hacerme feliz a tu manera, yo no sería feliz, tienes que hacerme feliz a mi manera… aunque ésta fuera tu infelicidad… como ves, hasta ser infeliz significa un esfuerzo: el esfuerzo de hacer feliz al otro… Sin embargo, por más que quieras hacerme feliz o ayudarme, cuando se esta en el escenario se está solo, como ha de estarse en el momento de la muerte… estar solo ante la Nada o frente a mil personas atentas a lo que haga tu corazón y tus manos, sólo para ascender al cielo o para quebrarte el alma en el infierno. El aplauso o la vida. ¡Ah vanidad! ¿Cómo dijo aquel escritor que me leíste el otro día? «El hombre: un poco de vanidad sobre dos piernas»… (Toca frente al espejo, de pronto repara en algo y deja de tocar.)   Mira, Nena, ya se descosió el forro del frac… Sí, aquí, en las colas… tienes que coserlo… ¿trajiste aguja?… (Deja el violín y se quita el frac, lo pone en el colgador. Toma el arco y la pez, y se dispone a untarla a las cerdas.)  ¿Adónde vamos a cenar? ¿En el hotel? ¿O salimos fuera?… Estudiaste el mapa? Si no para estudiarlo yo… hoy no me siento elegante… además, estoy asustado, tengo muy pocos zlotis,  y no tener un zloti  en Polonia es igual que no tener un peso en México. (Se sienta en la cama, como observando un mapa sobre ella. Señala con el arco.)  Nena… ¿dónde estará el hotel?… ¿Cómo? ¿Que no está descosido, que está roto? ¿Y qué puedo hacer, si es el único que tengo?… ¿Está marcado el lugar? ¡Ah sí!… yo diría entonces que… aquí, saliendo del teatro; no, saliendo no hay calle; bueno, debe de haber alguna, ¿verdad?… Estamos en la parte medieval… Smolensk, sí, por ahí debe de haber algún restaurante… está cerca del río… ¿Eso opinas tú también ¿Estás de acuerdo? (Vuelve a tocar sus escalas. De pronto, comete un error y deja de tocar.)   ¡Shet! ¿Te das cuenta? Aquí en el camerino te puede fallar una nota, allá en el escenario: no. El error toma otra proporción. Y cuando te falla ¡qué desplome! De nada valen entonces tus palabras de consuelo… que si todo ser humano puede equivocarse, que no importa una nota falsa si se ha entregado el corazón, de todos modos la duda asalta y ataca peor que un tigre: «¿Qué diablos hago yo aquí, en este país, en esta ciudad, en este teatro, en este camerino? ¿Quién me puso en este camino?» Toda mi vida… mi vida entera la he pasado de camino al concierto… Dime, Nena, ¿hay algo más idiota que pasarse la vida rascando cuatro tripas de gato?… Puedes dar cien conciertos con éxito, pero con una noche que te sientas mal basta para que fracases y te ocurra como con el juego de canicas de la madre de Michael, hay que volver a empezar la cuenta… Hay profesiones en las que no se puede fallar… (Deja el violín.)   los médicos, por ejemplo, fallan y alguien se les muere en las manos… los pilotos… ¿sabes que mi hermana fue heroína civil? Ella era sobrecargo en el avión en el que un cantante loco puso una bomba para cobrar los seguros de un montón de gente… le dieron un diploma muy bonito por su sangre fría y le ofrecieron una medalla de oro, que nunca vio… por esas épocas yo quería ser arquitecto, a mí me gustaba hacer casitas, pero después de mi primer concierto, a los trece años, con una orquesta sinfónica en Bellas Artes, ese concierto me llevó a otro, y ése a otro, y luego a mi beca en la Juilliard de Nueva York, y ahora estoy aquí en Polonia, contigo, viendo adónde vamos a cenar después del concierto… (Se escuchan unos golpes como si tocaran con la mano en la puerta del camerino.)   Sí, ya estoy listo… (Se escucha el tutti de la introducción orquestal del principio del Concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky, avanza, sin violín hasta el centro de la escena, con la actitud de quien prepara su ánimo para comenzar a tocar; en el momento en que va a iniciar su entrada el violín, se ilumina la gorra de marino y se corta la música. Deja su actitud de violinista y va hacia la gorra, la descuelga y se la pone, adquiriendo con ello la actitud de su padre, imitando su voz)  «¿Dices, hijo, que quieres ser violinista? ¡Vaya! Está bien que estudies violín, yo no me opongo a que tengas una distracción y que toques algunas piezas para entretenerte, como tu mamá hace con el piano, en vez de que andes de vago por las calles, sin oficio ni beneficio, pero ¡ser violinista! Eso ya es otra cosa… No, usted tiene que tener una profesión de hombre, algo así como… marino o… marino» (Retomando su propia voz)   No podías pensar en otra profesión que no fuera la tuya propia: marino. ¡Y cómo disfrutaba yo mis estancias en tu barco! Tomaba el timón y me imaginaba viajando por mares lejanos. Recuerdo tu ira, papá, cuando al fin, un día me pediste que te tocara algo, debo de haber tenido unos diez años. Me puse a leerte la partitura que estaba estudiando en la orquesta de la Escuela de Música, pero al llegar a los compases de cuenta, en los que debían de tocar otros instrumentos, me quedé callado, contando, y tú no comprendiste el por qué de mi silencio y al fin estallaste: «¿Qué haces? ¿Me tomas por loco ¿Qué esperas para seguir tocando? ¿Eso es lo que estás aprendiendo, a quedarte como un bobo, callado, mirando? O ¿que? ¿ya se te olvidó? ¡Valiente memoria la tuya!…» Aquel día me sentí muy mal, había fracasado contigo, y si hay alguien frente a quien no se debe fracasar en la vida, es frente al padre, porque esa sensación perdurará mientras nos reste aliente… (Imitando su voz infantil.)   Papá, papá, me gustaría que me oyeras tocar. Ahora sí he aprendido algunas piezas y… (Retomando su voz.)   Después de escucharme me tomaste de la mano y me llevaste a visitar a tus amigos marinos, uno por uno, para hacerme tocar delante de ellos, mientras abrías tu abanico de pavo real, lleno de orgullo… ¡Qué feliz fui aquel día! Me había sacado la espina y te había hecho sentir orgulloso de tu hijo… (Se iluminan por un momento el médico y la enfermera.)   Moriste cumpliendo con tu deber, en aquel viaje que habías planeado como último, sin saber que iba a ser verdaderamente el último. ¿Qué tiburón habrá dado cuenta de ti allá en el otro mundo? ¡Si es que hay otro mundo! ¡Si me oyera mi madre! (Persignándose.)   «¡Ave María Purísima! Hijito, no blasfemes.»… Siguieron misas, peregrinaciones, hasta me hice acólito, pero no era por vocación sacerdotal, como creía mi madre, sino porque me ganaba mis buenos centavos en cada misa, y cuando pasaba la charolita con las ostias para la comunión, aprovechaba para hacerles así… (Hace el gesto.)  con la charola en la barbilla a las muchachas, y veía cómo se turbaban, muchas se ponían coloradas, y no dudo que alguna haya tenido que volver a confesarse otra vez… a la mejor algún día tú estuviste entre ellas, amor, ¿no fue en esa iglesia donde hiciste tu primera comunión?… (Se escucha el Concierto para violín y orquesta de Max Bruch.)  No, no quisiera revivir aquellos años de adolescencia reprimida, con la sensualidad queriendo brotar por todas partes, y el «no  hagas», «no debes», «no fumes», «no bebas», «no cojas», «pecado, pecado, pecado» ahogando todos mis impulsos…

            (Cesa la música. Transición.)

¿Qué pasa con mi pianista? ¿Por qué no llega?… (Se reanuda la música.)  Hoteles, camerinos, hoteles, camerinos… ¿Te acuerdas del gitano de Rumania? «Con talento y con hambre todo se logra» No nos han faltado ni el talento ni el hambre ¿verdad, Nena? ¿Crees que… de verdad lograremos todo? ¿Que más podremos lograr que estar juntos aquí, en este viejo camerino del Carnegie Hall, donde tantos grandes músicos habrán vivido, como yo ahora, sus nervios previos al concierto, sus euforias y o sus depresiones, después del concierto… te sigo amando como el primer día, aunque no siempre te haya sido fiel… qué bueno es poder decirlo así, sencillamente, sin temor en la lengua, sin miedo de perderte… no, me equivoqué… te amo más, mucho más que el primer día… porque si hoy el violín es un brazo mío, tú eres el otro… y no podría vivir sin ninguno de mis dos brazos…

(Cesa la música. Transición. Se pone el frac.)

¿Qué pasa con mi pianista? Nunca me había hecho esto… Nena, Nena, tengo buenas noticias: un millonario, dueño de un hotel en Las Vegas, me ha ofrecido un contrato jugoso, ganaré una fortuna, al fin podremos hacer todo lo que hemos soñado… sí, claro que me deprime tocar para los borrachos que en vez de escuchar hablan, gritan, eructan, pero… son dólares!… ya lo sé que cuando estudié en la Juilliard mi meta era el Carnegie Hall y no Las Vegas, ya sé que el Director de la Sinfónica me canceló mi concierto porque según él no se puede tocar en un restaurante y en Bellas Artes al mismo tiempo, como si no se pudieran comer quesadillas y souflé con el mismo gusto. ¡Ah, no! Según él, el público o come sólo quesadillas o come sólo souflé.  Pero ¿has visto lo que me ofrece? Promete hacerme el Concertino de la Sinfónica si dejo el restaurante, pero ¿con qué sueldo? … sí, ya compré mi violín, y un maravilloso violín, pero ¿crees que estando sentado frente al atril de Concertino tendré más oportunidad de tocar en el Teatro de los Campos Elíseos de París? No, Nena, para hacer carrera hace falta dinero o poder. Sólo los discos te abren las puertas del mundo y nadie graba discos con un desconocido… y la promoción cuesta sangre. No basta tocar bien, tú lo sabes mejor que nadie… (Toma el auricular del teléfono e imita la voz de su esposa.)   «¿Bueno? Sí… ¿Quiere que mi esposo sustituya a la cantante que se enfermó? ¿Que deberá tocar si ensayo el Concierto de Mendelssohn?… Sí, comprendo, es una emergencia… claro, él lo hará, los honorarios no importan, eso es lo de menos, lo importante es salvar el concierto» (Cuelga el teléfono.)  ¿Te crees, Nena, que con mi sueldo de Concertino vamos a poder pagar los millones que hay que gastar en promoción? Nosotros no tenemos los medios económicos ni políticos para contratar a la Filarmónica de Londres y obligarla a que me “descubra.” Mi maestro decía que cuando no se es rico, la carrera se hace en la cama: o te acuestas con una millonaria o con la mujer de algún político prominente. Si no te gusta el papel de gigoló, atente a las consecuencias… ¿Los aplausos? Esos no dan dinero… prestigio sí, sólo que de prestigio no se come… Pero no te aflijas, así como el restaurante me ha dado para poder comprar mi violín, así Las Vegas me darán para pagar la promoción que hace falta, costearemos la grabación de un disco… Dos años allí y luego… (Optimista.)  Y luego… (Pesimista.)   Y luego, estaré acabado, tienes razón, tal vez me convierta yo en uno de esos borrachos: un frustrado, un fracasado de los que a diario no me escuchan porque están demasiado habitados por su propia amargura… ¡Oh, Dios! Luchar, luchar siempre por todo o contra todo, y no es sólo el luchar por ser alguien, es el luchar por Ser yo mismo. Antes de marchar sobre una ruta debemos saber cuál es la meta que queremos alcanzar… y cuando lo sabemos; ¡qué coraje es necesario para seguirla sin desviarnos, sin que los otros nos saquen de ella!  Nena, qué trabajo da enfrentarse a la reprobación de un padre, sintiéndose parado en medio del desierto, preguntándose ¿es que todo lo que he hecho no ha servido para nada? ¿Seré un esqueleto mirando el cráneo de otro esqueleto? Caminar por la ruta en la dirección que uno solo se ha trazado… (De frente al letrero que se ilumina intermitentemente.)   ¡Desconocido!… Dime ¿quién soy yo? ¿Quién? ¿Crees que mi padre me conoció?… ¿Y mis hijos? Pregúntale a mis hijos por mí. Los hijos nunca conocen a sus padres, conocen su rostro ya gastado, marchito, no el que tuvieron al comenzar la vida. Y su alma… ni siquiera la intuyen… Pero si yo mismo no sé quién soy ¿cómo lo han de saber ellos?… Transición.)   A ver… ¿quién quiere paleta?… uno, dos, tres, cuatro, cinco… (Dirigiéndose a un supuesto dependiente de la paletería.)   Me da por favor cincuenta paletas… sí, para cinco ¿qué tiene?… las que sobren: para los dioses… (Transición.)   ¡Quién soy, Nena? Ése que ve la gente, sonriendo, controlado con ejercicios yoga, que practica el día entero con el violín entre las manos ¡cuántas veces en contra de su voluntad! dominando sus impulsos, sus instintos, sus nervios del día del concierto… ése, de pie frente a la orquesta, que parece saberlo todo, seguro de sí mismo, que le indica con la cabeza al Director que ya puede comenzar… (Hace la señal al  supuesto director de orquesta e inmediatamente se escucha el Concierto en Mi menor para violín y orquesta de Mendelssohn.) …que triunfa clamorosamente y firma autógrafos en el camerino, o ese otro que a solas, duramente, inseguro, siempre dudando, lucha por abrirse paso entre la maraña de venas y de nervios, ése que se niega a controlarse, que ama la vida, el hedonista, el excesivo, el que disfruta con el amor, con el comer, con el fumar, que desearía mejor estar tirando bajo el sol sobre una playa, rascándose la panza…    un día de estos, Nena, tomaremos unas vacaciones sin violín, lejos, muy lejos, a Grecia, a convivir con los dioses del Olimpo, y haremos locuras, ésas que nadie se atreve a hacer, las locuras prohibidas o permitidas por Zeus… (Queda frente al letrero que parpadea.)   ¿Quién soy? Dímelo tú… si no me conozco ni yo mismo… siempre con el “tengo que…” en la boca: deberes y haberes en un libro de contabilidad que me repugna, obligándome a estudiar, a reprimirme, obligándome a ser lo que los demás esperan que sea… lo que los demás esperan que yo sea… y ¿para qué? si no soy reconocido siquiera, si nadie se da cuenta, fuera de ti o de mi madre, del sacrificio que significa ser «artista» (Toma el teléfono.)  …«Podría colaborar con nosotros, Maestro? Nuestra institución no tiene fondos, usted sabe… Entonces ¿acepta? Gracias, Maestro… ciao.» (Cuelga el auricular.)   …Y allí va el artista a subvencionar con su trabajo el arte de un país, mientras las instituciones se paran el cuello… el más explotado, el artista, es el verdadero patrocinador del concierto, de la función, del programa ¡cuántas veces sin tener dinero para reponer el frac viejo que ya se cae a pedazos… pero que todavía guarda las apariencias… (Al público.)   Usted no le pide a un carpintero que  le haga una mesa gratis… ¿verdad? pero al artista: se le hace un “favor” contratándolo gratuitamente o por una miseria que le da hasta vergüenza cobrar… (Toma el violín. Se escuchan los últimos compases del Concierto en Mi menor para  violín y orquesta de Mendelssohn.)   No, renunciar a Las Vegas no fue una decisión fácil… pero cuántas satisfacciones me ha dado después el tocar en los lugares idealizados por los sueños juveniles y los sueños de mi madre: el Carnegie Hall, el Teatro de los Campos Elíseos, la Gran Sala del Musikverein, la Casa de los Artistas… Nueva York, París, Viena, Praga… (Termina el Concierto en Mi menor de Mendelssohn, se escuchan los aplausos; él, como si acabara de tocarlo, agradece al público. Caen rosas rojas sobre el escenario.)  ¿Lo ves, Nena, lo hemos logrado, son sacrificios que nadie imagina, pero el éxito está aquí… (Recoge una flor y se la pone en la ropa el maniquí que representa a su esposa.)  …donde menos lo esperas… (Sonríe.)   Uno se da cuenta de que ha tenido éxito cuando una mujer se te ofrece ahí, tras la puerta de un camerino… pero cuánto camino hay que recorrer para llegar a este camerino… (Al público.)   Hacer carrera: punto de crece entre la indignidad y la ambición.  (Se escucha su propia voz, pero en grabación, por altoparlantes.)   Los escrúpulos fluyen por el cauce sonoro del aplauso y se revierte, sin gravedad, hacia la lágrima, hecha piedra a fuerza de rodar. Cada sonrisa falsa, una piedra en el río. Cada mano extendida, a la caridad bien intencionada de un inalcanzable funcionario, una púa en la corriente que no la interrumpe, la hiere. Correr siempre tras espejismos profanos de ilusos orfebres agazapados tras el viejo parapeto de nuestras esperanzas. Correr sin detenerse a deshacer el nudo de visiones, atisbando siempre desde lejos la meta, que como las montañas azules parece a la mano siendo inaccesible. Al fin, caminar por la calle, soltando las amarras a la dignidad y respirar profundo para borrar el malestar… (Termina la grabación y habla de nuevo con su voz natural.)   Y luego, hacer la cita con nuestro propio Genio, para que a las ocho y media en punto de la noche, ni antes ni después, esté listo a darse entero, porque todos esperan que a esa hora se conjuguen en ti las inspiración, la fortaleza física, la perfección técnica, la entrega, la pasión, el delirio… Fácil ¿verdad? (Transición.) El día de concierto, Nena, le doy gusto a mi cuerpo: si quiere dormir, duermo; si quiere comer, como; si quiere estudiar, estudio; si quiere salir a caminar al parque, lo saco a caminar al parque; debo darle todo lo que me pida, porque después, a esa hora precisa de la  noche, voy a exigirle que me lo dé todo… ¡todo! (Prende un cigarrillo.)   El aplauso no es fruto de la casualidad, ha sido programado desde aquel primer día en que un violinista callejero hizo vibrar las cuerdas de mi alma… pero… ¿quién adivina que detrás de este aplauso se esconden además de los años de estudio: mil cartas escritas, cien mil telefonemas, proposiciones, contraproposiciones, concesiones, súplicas disfrazadas de ofrecimientos, peticiones de permisos en la Sinfónica, cuántas veces negados, para ir como solista al extranjero, madre y esposa convertidas en agencia de conciertos y tantas otras manos amigas dando cada una lo que está en su poder: un artículo aquí, una entrevista allá, y al fin, la posibilidad casi fortuita de ir a radicar temporalmente en una Europa que nada quiere saber de la cultura del Tercer Mundo, salvo de sus aromas exóticos, salvo de su folklore, de su indio dormido, de sus sombreros de paja, de su sol quemante ¿tocar Brahms? «No, eso no es  para un latinoamericano…» Y entonces, allí, plantar el reto, como una semilla bajo la mata misma. Tomar el violín (Lo toma.) …e interpretar a Beethoven en Bohn; a Vivaldi en Roma; a Franck en Bruselas; a Laló en París, a Suk en Praga, a Tchaikovsky en Moscú… y a Bach en todas partes… (Se escucha el Doble Concierto, para dos violines, de Bach.)… y enfrentarse a los celos de los colegas “colocados” que ya tienen helado el corazón, porque ésta es una civilización que acostumbra abatir a sus mejores hombres… y por eso, a fuerza de endurecerse para resistir, han dejado de ser artistas para convertirse en guerreros que en lugar de violín parecen llevar un escudo, y en lugar de arco, una espada… «Te invito a que toques conmigo en París, el Concierto para dos violines de Bach, pero no toques en tu violín, yo te presto mi Stradivarius, porque combina mejor con la sonoridad de mi violín.» Y así, cambiar de instrumento la víspera misma del debut, sin tiempo suficiente para conocer sus medidas, sus respuestas, sus latidos, sin tiempo para casarme con él… el violín y la mano son parte del mismo brazo ¿cómo cambiar de brazo un día antes del concierto, sin fracasar? Pero hay que hacerlo y demostrar al colega y al público que un latinoamericano puede ser tan artista como un europeo… y luego, soportarle al colega, siempre sonriendo, que conquiste a mis pianistas para que toquen con él, que se ofrezca a suplantarme gratuitamente ante los empresarios interesados en mí… usurpando mi puesto… ¿Recuerdas, Nena, a Michael Rabin? Todos le hicieron la vida tan imposible que acabó por quitársela, siendo, como era, uno de los mejores violinistas de este siglo…

(Cesa la música. Transición. Deja el violín.)

Pero… ¿adónde está mi pianista? Tengo que dar un recital y ella no aparece… (Al público.)  ¿Ustedes no la han visto? (Se escucha el Concierto Nº 2 -a Novelo- de Manuel Enríquez.)   Manuel, Manuel, la sonata que me escribiste fue un éxito ¿por qué no me escribes ahora un concierto? Tengo invitaciones para tocar con algunas orquestas del extranjero y qué mejor ocasión para dar a conocer una obra mexicana… los compositores necesitan de los intérpretes, y los intérpretes necesitamos de los compositores. Aunque no fuéramos amigos, debemos ser aliados… ¿no lo crees? Si todos los colegas lo fueran, en lugar de estar jalándole los pies a los otros para que no suban… cuando allá arriba hay lugar para todos… Gracias, Manuel, te aseguro que lo daré a conocer en el mundo, hasta donde yo pueda… ¿Y tú, Nena, no vas a acompañarme a esta gira? Pide un permiso… (Al público.)  ¡Permisos, siempre permisos! Para nacer, para amar, para morir, para todo se necesita un permiso… Pero como dice la gente “lo bailado nadie nos lo quita.” (Al maniquí de su esposa.)  Vas a recibirme al aeropuerto… Y no te olvides de invitar a ninguno de nuestros amigos para la cena de después del concierto… tocaré bien, te lo juro… la vida nos ha probado que tenía razón  mi amigo el gitano de Rumania «con talento y con hambre, todo se logra»… No importa que después tengamos que amarrarnos el cinturón, en esa cena echaremos la casa por la ventana, no se toca todas las noches en el teatro más importante de Europa… (Se escuchan los sonidos de una orquesta afinándose  y los murmullos del público.)   Mira, Nena, la sala llena, vestidos largos, rumor de río en los pasillos, frivolidad en los labios, y en el aire la espera echando raíces. Por fin: la oscuridad premonitoria, conversaciones que se truncan, convergencia al delta del silencio. (Silencio.)   La orquesta se prepara  a la transmutación del ruido en música. Absolución para el ladrón que supo robar la armonía al universo.  (Se escucha La Primavera de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi. El violinista sale de escena y mientras se oye la voz de la locutora, él entra hasta el centro del foro, agradeciendo, como al acabar de tocar un concierto, saluda al supuesto Director, al Concertino y le hace señas a la orquesta para que se levante a dar las gracias con él.)

VOZ DE LOCUTORA DE TELEVISION

…después de sus conciertos al aire libro, a los que asistieron más de cuatro mil campesinos, el violinista mexicano dio una serie de treinta conciertos para los trabajadores de las plataformas marítimas y para más de cincuenta mil estudiantes, universitarios y preparatorianos, antes de partir nuevamente a Bélgica, donde radica temporalmente y adonde regresara después de terminar esta gira por Francia, Italia y Austria…

VIOLINISTA

(Entrando al camerino, como si volviera del escenario, después de dar un concierto.)   Adelante, adelante, gracias… Señor Embajador, es un honor… Señora… (Inclinándose como para besarle la mano. Luego, como dirigiéndose a otra persona.)   Es muy amable, muchas gracias… por supuesto que volverá a tocar pronto, sí, claro que me interesa hacer un disco… podríamos grabar algunas sonatas para violín y piano ¿por qué no?… el mes próximo estaré de regreso en Bruselas y podremos hacerlo, le escribiré a mi pianista… ella es maestra del Conservatorio de Sofía… sí, es búlgara… aunque suene pedante, puedo asegurarle que será un interpretación como no hay otra en el mercado… y no es vanidad, ya sobrepasé esa etapa, a mi pianista y a mí no nos importa el lucimiento personal, sino hacer música… (Transición.)    No estaba haciendo un comercial, Nena, es la verdad, tú lo sabes. (Se escucha la Sonata para violín y piano de Cesar Franck.) La afinidad espiritual entre dos personas en la música obra milagros, hemos conseguido entre su piano y mi violín una comunión emocional que pocas veces se da… y ¿sabes por qué? porque no tocamos juntos por compromiso, sino por necesidad de darnos… hacer música es como hacer el amor, hay que saber entregar más que el corazón, la sangre… (Se quita el frac y se recuesta en la cama, toma de la mesa de noche la revista francesa “Le Monde de la Musique” y la hojea.) ¡Nena, Nena! Escucha las críticas de París… (Leyendo.)   “El violín más impúdico, ése que viola el alma y que te abraza el cuerpo sin dejarte respirar…” Eso es precisamente lo que he querido hacer siempre con la música: violar el alma… Y escucha esto… me llaman “uno de los mejores violinistas de nuestra época…” ¿Te das cuenta? Cuando en México los críticos me regatean hasta mi primer puesto de violinista nacional… Lo hemos logrado, Nena… Ya no importa que digan «¡Cómo que tiene talento, si vive a la vuelta de mi casa!»… ¡Qué importa que todo el dinero se nos vaya en viajes y en hoteles! ¡Qué importa que a mi edad no haya podido siquiera terminar de pagar mi casa… nuestra casa… ya la pagaremos ¿verdad?… hay tiempo… ¡Hay tiempo…! Pero no, no me olvidaré de México, seguiré haciendo giras allá, aunque me explote Bellas Artes, tú ya conoces nuestro país, Nena, allá es como si perennemente tuviéramos que subir por una escalera eléctrica que fuera para abajo… te detienes y acabas en el sótano… y todo el esfuerzo es individual… claro que no hablo de la gente, al contrario, desde siempre, al tocar en México he sentido algo muy especial, siento que al aplaudirme la gente lo hace como a algo suyo, lo hace con… ¿sabes? cuando toco para los jóvenes, para los niños, para los obreros, para las universidades, cuando toco entre los campesinos, o simplemente en cualquier parte de la provincia, adonde la gente va a escucharme a sabiendas de que no puede hacerlo todos los días, porque sólo estoy allí de paso… (Se escucha el crescendo final del Poema de Chausson.) … siento como una efervescencia que crece a medida que toco, como la bola de nieve en un alud que va dándose y tomando como si se nutriera al rodar, sólo que la bola no es de nieve sino de emociones… así siento que algo mío pasa de mis manos hacia la gente y de la gente a mí, enriqueciéndose, y otra vez va de mí hacia la gente y de la gente a mí, enriqueciéndose, y otra vez va de mí hacia la gente y de la gente a mí, y crece, y crece, hasta producirse el milagro, esa comunión entre el publico y yo… en ese momento es el público mismo el que está tocando por mis manos, y yo escuchando por sus oídos, y me aplaude porque se ve retratado en mi… ¡esos momentos no los cambiaría ni por todo el oro del mundo!… ¡Ni por todo el oro del mundo!…  (Cesa la música.)  Pero una cosa es la gente y otra muy distinta nuestros organizadores de la cultura, nuestros empresarios, nuestros críticos, nuestros gobernantes.  Ya ves lo que me pasó con la Orquesta de Cámara y con la Universidad, en lugar de seguirme aprovechando, prefirieron echarme a la calle, después de veinte años de servirles, sólo porque rechacé una indigna proposición de una persona «influyente». En cambio, mira aquí a los rusos,  ellos son conscientes de que un país si cultura es como un hombre sin memoria y sin identidad: un vegetal, y por eso ofrecen a sus artistas en charola de plata; presentar a un David Oistrach es un honor para el país y no un favor para el artista… los artistas, lo quieran o no nuestros gobernantes somos quienes dibujamos el rostro de un país, pero son los políticos quienes viajan en “primera clase” y nosotros quienes perdemos horas preciosas de nuestro tiempo en las antesalas de sus oficinas. Los gobernantes que se suceden, en lugar de darnos nuestro lugar sólo piensan en enriquecerse y en conservar su poder, y aquellos que de vez en cuando, y de buena fe, quieren dar algo al pueblo, sólo procuran satisfacer sus necesidades materiales ¡como si estuvieran criando ganado! Somos gallinas en sus corrales… creen que dándonos un poco de maíz podrán explotarnos eternamente… mientras nosotros somos testigos de algunas escaladas infamantes de hombres que usando de un código distorsionado de valores se auto-coronan emperadores y nos hacen rendirles sexenal vasallaje… (Toma el arco y lo observa.)   Nena, ¿crees que podrás arreglar la cerda de mi arco? Mira, está mal peinada, eso hace que se desvíe la dirección, además, se ha estirado, tendrás que cortarla un poco y cambiarle el lacre…  ¡los cambios de humedad! … para esta vida de saltimbanqui no sólo hace falta que yo tenga buena salud, también mi violín la necesita… (Limpia el violín con un trapo.) ¿Conseguiste pan y leche… queso y mermelada? ¡Bravo! ¿En qué idioma les hablaste? ¿Sabes? Aquí en Moscú es la primera vez que en vez de estar preocupado por el éxito del concierto, estoy preocupado por sobrevivir… ¡Se ve delicioso!… ¿Te fijaste? Sentí compasión… un director como él, con esa mujer… ¿Por qué sera que los resentimientos de las parejas afloran siempre cuando están en público? Como si lavando la ropa sucia ante la gente ésta quedara más limpia… ¿Cómo dijiste tú en aquel poema? “Si el hombre y la mujer en sus veranos pudieran armonizarse en una afinación común, como los músicos, cuántos desencuentros se volvieran milagros…” (Deja de limpiar el violín y lo guarda precipitadamente.)   Nena, Nena, vemos pronto o me dejara el avión. ¿Ya está empacado el frac? No se vaya a quedar olvidado, como aquel día del concierto en Xalapa, en que tuvo que llevármelo mi mamá… ¿No le entra el agua a esa maleta? ¿Te acuerdas de la vez que se empapó y mientras la orquesta tocaba la obertura tú intentabas plancharlo con un secador de pelo?… (Peinándose frente al espejo.)  Nena, mira cuántas canas, me estoy haciendo viejo… una vida juntos… ¿te das cuenta de que hemos pasado la vida juntos?… Hasta pronto, sí, te hablo por teléfono, ya sabes que me da flojera escribir… aunque cueste una fortuna, prefiero oír tu vocesita… hasta pronto… no te olvides de averiguar cuándo saldrá al público mi disco… (Como premonitorio.)  Adiós…

(Transición. Se pone el frac. Echa a andar el metrónomo.)

Pero ¡por Dios! ¡Qué diablos ocurre con mi pianista! Ella, tan responsable… Nunca me había hecho esto… el público ya está en la sala… (Toma el auricular del teléfono.)  Señorita, hace media hora que pedí una llamada de larga distancia, sí, sí, a Bélgica… ¿Nena? Nena, sí soy yo, amor… tienes que ir por mí al aeropuerto, llego a Bruselas el día cuatro… ¿Cómo? ¿Tendremos que dejar Europa?… No es el momento, Nena, ahora que he comenzado a grabar debemos permanecer un poco más… Claro, no podía ser de otro modo, el gobierno siempre oportuno… tanto nadar para morir en la orilla… es el golpe final a nuestra resistencia… Entonces ¿a qué voy ahora? Adelantaré aquí la gira nacional que estaba planeada para abril próximo… No, no te preocupes, somos fuertes, estamos en la plenitud de nuestra vida, en lugar de hacer las cosas desde Europa, las haremos desde acá, toma el avión a México y ven, no es la primera vez que el mundo nos lastima. Nos replegaremos y aquí volveremos a empezar la lucha juntos, como siempre: juntos. Ya verás, las cosas no están tan mal, todo cambiara, ésta es mi década, nuestra década, ahora cosecharemos todo lo que hemos sembrado, ten confianza… acabaremos de pagar la casa, el disco grabado en Europa me ha abierto muchas puertas, el que está por salir me abrirá otras, y grabaré muchos más, hay tiempo… hay tiempo… (Se escucha El Invierno” de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi.)  En los próximos diez años haremos todo lo que hemos planeado, aún viviendo en México seguiré tocando en París, en Viena, en Nueva York, ya veremos lo que hacemos para ganar dólares. y después, cuando llegue el día de retirarme del concertismo, antes de que empiece mi decadencia, porque no quiero causar lástima como algunos colegas que siguen y siguen sin darse cuenta de que han dejado de ser atletas del violín, entonces, ese día, aún en plena gloria, me retiraré y abriremos la mejor escuela de violín de Latinoamérica, todo esta planificado… nuestra vida, después de veinte años de amor, sigue siendo una promesa…

(Le pega con la mano, involuntariamente, a la copa de canicas que cae al suelo. Se produce un gran resplandor. Se interrumpe la música. El se encoge como para protegerse las manos, quedando agachado en el suelo. La escena se obscurece y luego se ilumina de rojo. Se enciende el letrero de “Desconocido” y se iluminan el médico y la enfermera.)

Así que éste era mi destino… Todo se acabó. Ya no hay concierto que dar. No más ilusiones, no más esperanzas. Por primera vez en mi vida dejaré esperando en un teatro a mi público, a nuestro público. Ahora entiendo por qué no llegó mi pianista. Han enmudecido su piano y mi violín. Todo estaba planificado… nuestra década de promesas… Y yo que pensé que había tiempo… tiempo es lo que ya no tengo… Una vez nos quejamos, Nena, de que no teníamos pasado ¿te acuerdas? Toda nuestra vida estaba en el futuro; poco a poco, nuestra vida se fue haciendo presente; y hoy, no nos queda sino el pasado… se acabó nuestro futuro… lo vivido se irá conmigo y quedará contigo sólo en tu memoria… Se acabó, Nena, se acabó. Vuelvo a estar solo, como el día en que nací. ¿Por qué? ¿A quién culpar? Quizá sólo a mí mismo por no haber podido protegernos de la imprudencia ajena… ¡No querías decirme por qué no llegó mi pianista¡… ¿Querías ahorrarme ese dolor? Hay dolores que no pueden ahorrarse, el de hacer y el de morir son de esos… ¡Qué caro pagó ella su satisfacción de tocar conmigo por el mundo! ¡Cuántos años de trabajo, cuánto talento para que se forme una pianista así!… Nena, Nena, dime ¿qué fue lo que ocurrió?… Un instante… sólo un instante y ¡paf! se va la vida… este milagro que ha sido vivir no se repetirá más… lo que se vivió, se vivió; y lo que no, ya no se alcanzará… somos una suma de instantes y cualquiera puede ser el último… Ya puedo guardar mi violín, adonde voy, no lo necesito… Nena, ya no puedes hacer nada por mi, ni mi madre, ni esa gente de blanco… Cuando sabemos de una tragedia, por la televisión o por el periódico, nunca pensamos que una similar pueda alcanzarnos alguna vez a nosotros… ¿En que país vivimos? ¿En qué mundo? Nos saquearon, Nena, nos profanaron los buitres hambrientos. Ellos mismos, quienes se encargan de nuestra seguridad son quienes nos violan, nos degradan, nos chupan las entrañas. Enderezaron el coche, no para ver qué podían salvar, sino para ve qué podían robar… y todo bajo la aprobación subrepticia de las autoridades políticas… ¡Oh, Dios! Estamos rodeados de agentes de policía-delincuentes, de políticos-delincuentes, de corruptos saqueadores de la dignidad. No les bastó con robar mi violín, que es como cortarme las manos, han tenido además que esconder en la cajuela del coche hecho pedazos, nuestros pasaportes, y hasta la tarjeta de registro del auto. A mi pianista, que murió en el cumplimiento de su deber de artista, a mí y hasta al coche, a los tres nos robaron la identidad… y todo, para que ni mi madre ni tú pudieran encontrarnos y reclamar lo robado… ¡Qué orgullosos deben de sentirse los buitres por sus actos de pillaje!… Aquí me tienes ahora, Nena, privado hasta de mi nombre, suspendido en el “no Tiempo,” en la cama número diez de un hospital de beneficencia pública. Pero agradece a los amigos el haberme encontrado, porque ¡cuánta gente habrá… (Señalando al público.) …que despojada de todo vaya a parar a una fosa común, sin que su familia conozca su paradero¡… (Baja a la luneta y camina entre el publico.)  Vivimos en un país enfermo que es capaz de robar su identidad a los muertos, su dignidad a los vivos, que es capaz de castrar a sus artistas y corromperse por un puñado de pesos… vivimos en un país donde cada uno es verdugo del otro; donde el valor ajeno es un estigma para el orgullo propio, en vez de un aliciente; en un país donde la irresponsabilidad es virtud que se premia y no delito; en un país donde el desperdicio es ley el agravio, obligación; donde el poder enajena a quien lo ejerce; en un país que nos obliga a exiliarnos cuando no somos los favoritos de los mandatarios o cuando decimos “no” a sus requerimientos deshonestos ¡hace cuánto tiempo que no toco en mi casa, por un capricho político, en el teatro que me vio nacer hace cuarenta años!… Y yo que alcancé la gloria del aplauso en las cumbres musicales del mundo, trepando a veces a pie, a veces a gatas por esos himalayas despiadados, estoy aquí ahora, en mi patria, hechos pedazos el cuerpo y el alma, sin más gloria que un letrero de “DESCONOCIDO” sobre mi cama… Nadie que esté vivo conoce el dolor de estar muerto… y menos, el de perder la vida absurdamente… Nena, Nena mía ¿crees que voy a soportar una vida con la muerte de mi pianista sobre mi conciencia? ¿una vida con mis dedos callados, con las cuerdas de mi violín mudas? Si yo soy mi violín, si yo soy uno solo con la música. (Se sienta en la cama.)  ¿Me imaginas sentado en una silla de ruedas y en silencio? ¡No! ¿Descerebrado o paralítico? ¡No! Turbulento o tranquilo, yo he sido mar en movimiento, nunca lago quieto. Erupción y lava sí, nunca piedra fría. (Se acuesta.)   Adiós, mi Nena, llora mi muerte a solas, porque a solas estaremos tú y yo, cuídate, trata de sobrevivir y dile al mundo… (Alza su mano izquierda y luego ésta cae exánime.)

(Se escucha el último movimiento de la Sonata Nº 3 para violín y piano, de Brahms. Se apaga el letrero de “DESCONOCIDO” y la luz que iluminaba al médico y a la enfermera. Como si volviera a palpitar la vida en ella, la mano revive y vuelve a alzarse. El violinista contempla sus manos, tal como lo hizo al principio de la obra. Se levanta. Va hacia el metrónomo: lo acalla. Luego va hacia el estuche de su violín, lo acaricia. Lo toma y encara al público, iniciando su salida, por el lunetario.)

…y dile al mundo… que sigo de camino al Concierto.

(El violinista sale de escena, cruzando el lunetario.)

VOZDE LOCUTOR DE TELEVISIÓN

Homenaje presidencial  al gran violinista mexicano, fallecido a consecuencias de un accidente automovilístico, ocurrido  cuando se dirigía a dar el segundo concierto de su gira nacional… (Comienza  a bajar el volumen de la voz al tiempo que baja la iluminación, hasta que, al hacerse el oscuro, se pierde la voz del locutor.) En el XIII Congreso Federal Ordinario, dijo ayer el Presidente de la República que “Sabremos superar problemas y corregir errores, el futuro del país está asegurado…” Asimismo expresó el Primer Mandatario que “los mexicanos siempre hemos afrontado problemas. No es la primera vez que México atraviesa por una situación difícil y adversa…” El Cardenal y Arzobispo Primado de México criticó ayer la corrupción en nuestro país… En Centroamérica, la situación sigue candente… Estados Unidos afirma que busca neutralizar el arsenal… Estas y otras noticias, después de unos mensajes…

OSCURO

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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